Lukas Bárbara Medel 1C


Dos vidas por un trabajo

Lukas Bárbara Medel. 1C


Jon Etxeberria Fernández tiene 12 años y nació el 8 de agosto de 2000. Vive con su abuela, Mari, y su hermano mayor, Ander, en Okina, un pequeño y tranquilo pueblo vasco, pero a veces la tranquilidad de este pueblo es corrompido por gente que avariciosa y sin escrúpulos. Sus padres, Arantxa y Jesús, desaparecieron cuando Jon tenía 6 años y no se ha vuelto a saber nada de ellos.
Jon tiene el pelo castaño, unos ojos oscuros como la noche y una mirada misteriosa y lúgubre, que reflejan el dolor que siente por la pérdida de sus padres. No es muy alto ni tampoco bajo. Es muy listo y curioso, a veces demasiado puesto que esto le trae problemas. Es muy atento y puede ver lo que para otros pasa desapercibido. Le gustan las series policíacas, ya que disfruta desvelando misterios. Además le encanta jugar con sus amigos al baloncesto y juega en el equipo de baloncesto del instituto. Por culpa de que sus padres desaparecieran teme quedarse sin familia.
Era un anochecer oscuro de verano y se podía oler en el ambiente, que algo indeseado iba a ocurrir y que la vida de alguien iba a dar un giro de ciento ochenta grados. Jon volvía a casa por la orilla del río, después de haber estado en la plaza con sus amigos. Se paró frente al río a admirar la preciosa puesta de sol, pero entonces desvió su mirada hacia abajo y vio algo que le dejaría huella para toda su vida. La marea había traído a la orilla dos cadáveres cuyos huesos estaban ya corroídos por el tiempo. Llamó a la policía y a los pocos segundos una patrulla de coches policías apareció.
Al día siguiente un hombre alto y robusto de aspecto serio y muy antipático llamó al timbre de la casa de Jon. Era el jefe de policía, Fernando Gómez, una persona egoísta y misteriosa, del que nadie sabía mucho. Este era una persona de pocas palabras, al que la gente del pueblo respetaba y la vez, temía. En cuanto entro por la puerta este intento ser amable y poner cara de buena persona, pero Jon intuía algo extraño en la forma de hablar de Fernando, parecía intentar esconder algo. Mari, como habituaba a hacer con sus invitados, le sirvió una taza de café y le ofreció asiento. Fernando se acomodó en el sillón del salón, le dio un pequeño sorbo al  café e informó a la familia:
–Siento tener que decirles que como sospechábamos los cuerpos encontrados son los de sus difuntos familiares, Arantxa y Jesús. Además hemos tenido que cerrar el caso debido a que no hay suficientes pistas y porque hay casos más recientes e importantes.
Los tres se quedaron inmóviles, sin saber que decir y corroídos por el dolor que les había causado la noticia. Jon intento convencer al jefe de policía para que investigara el caso, aunque era inútil, el jefe de policía era firme y nunca cambiaría de padecer. El joven no podía aguantar que el asesinato de sus padres se quedara sin resolver y decidió investigar el caso por sí mismo.
Al cabo de dos días, Jon fue a la comisaría para pedir las pistas encontradas sobre el homicidio. Tuvo mucha suerte, ya que el padre de su mejor amigo era policía y le dio una fotocopia del informe del caso. Empezó a investigar, pero no encontraba ninguna conexión entre las pocos pistas que se habían encontrado, solo tenía cabos sueltos. La única pista que tenía algo de valor para el joven, era que sus padres habían sido asesinados con una pistola del calibre 44, un arma poco común. Debido a esto decidió volver a donde encontró los cadáveres para buscar él mismo las pruebas que necesitaba.
Después de lo ocurrido, la orilla de la río se había convertido en un lugar triste y desolado, apenas se oía ninguna voz y el viento traía entre susurros lamentos lejanos de gente desdichada. La gente intentaba evitarlo de cualquier modo y se contaban historias terroríficas sobre este melancólico lugar. Jon se acercó al agua, la orilla estaba llena de barro y en este pudo ver una huella. La huella era de una persona robusta y era posterior a que la policía cerrase el caso. La pisada de aquella persona no solo había dejado la huella sino también un cacho de goma de la suela de la bota. Estaba anocheciendo y sin la luz del sol no iba a encontrar nada, entonces decidió volver a casa.
Jon estaba frente a la puerta de su casa, había tocado el timbre y estaba esperando a que le dejaran entrar. Tenía la mirada perdida, como si pudiera sentir algo pero no verlo, miró al felpudo y lo vio, para una persona normal y corriente hubiera pasado desapercibido pero este joven tenía un don especial. Era un cacho de goma de la suela de la zapatilla de una persona; aparentemente era una pista insignificante, pero no era así, ese tipo de goma solo se usaba en las botas de policía y era la misma que la que se encontró en el barro, puesto que en ese trozo venía el número de serie. Empezó a hacer memoria y desde que su abuela limpió la alfombrilla el único policía que había pasado por allí era Fernando Gómez. Entró en casa, había sido un día muy agotador y enseguida calló dormido.
Al día siguiente volvió a leer el expediente del asesinato, esta vez se centró más en el día y la hora del asesinato. El homicidio había sido entre las 7:30 y las 22:15 de la noche del 29 de septiembre del 2006. Mientras seguía leyendo atentamente, sin despegar un ojo del documento, alguien llamó al teléfono fijo de su casa. El chico cogió el teléfono, una voz grave y aterradora sonó. Si Jon seguía investigando su hermano y su abuela, correrían la misma suerte que sus padres. Decidió dejar la investigación puesto que no podía vivir sin familiares.
Pasaron días y semanas, Jon estaba melancólico sin poder levantar la cabeza. No podía soportar que el asesino de sus padres estuviera frente a él pero que no pudiera mirar. Al final se dio cuenta de que tenía que saber quién era el asesino y si lo hacía sigilosamente podría seguir investigando y así lo hizo. Volvió a la comisaría para pedirle otro favor al padre policía de su amigo. Él aceptó y le dijo qué policías no habían echó la guardia de noche el día del crimen, cuando les correspondía. Este le afirmó lo que temía, el jefe de policía Fernando había faltado a su trabajo la noche del asesinato de sus padres.
En cuanto Jon llegó a casa mando todas las pistas por correo, que había encontrado, al superior de Fernando Gómez. Estas fueron las necesarias para que se le acusara del asesinato de Arantxa y Jesús, puesto que Fernando era dueño de una pistola del calibre 44.
Tras un largo juicio encarcelaron al agente de policía Fernando Gómez, por fin se hizo justicia. Pero aun así una pregunta merodeaba por la cabeza de Jon: ¿Por qué un policía, tan respetado en su pueblo, había podido asesinar a una amable pareja que vivía en este? Tras insistir mucho Jon consiguió que le dejaran ir a la cárcel para poder hablar con el asesino.
Jon había entrado en la cárcel y tras pasar por varias puertas, llegó a un pasillo oscuro llenó de miles de celdas iluminadas por un única lámpara que colgaba del techo. El guardia de la cárcel le guió y tras caminar durante varios minutos, se paró frente a una celda. Era sucia y oscura y las paredes eran de color marengo aunque con muchas cosas escritas, parecían las desdichas que los anteriores presos habían escrito a las personas que los habían encarcelado. En una esquina había una persona hablando para el mismo. De repente este miró, al joven que lo observaba, con temor y murmuró:
–Tú, tú…si no fuera por ti ahora estaría libre, sin ataduras. ¿Para qué has tenido que venir? ¿Qué más quieres de mí? ¿Acaso quieres humillarme aún más? -en cuanto la escucho reconoció la voz de Fernando Gómez, aunque no era la misma que había escuchado antes, puesto que hablaba como si estuviera loco.
–Bien lo sabes. ¿Por qué a mis padres? -respondió Jon sin fuerzas, mientras una lágrima caía por su cara.
–Al igual que tú sabían demasiado, tuve que hacerlo, me podían echar del trabajo por ello -lloriqueó el ex policía-, pero a ti, no me importaría matarte, lo haría con gusto.

Jon iba a decir algo, pero el guardia de la cárcel que lo acompañaba lo interrumpió. Era hora de volver a casa, ya que el preso estaba inquieto y era muy peligroso. Volvió hasta la salida triste, con la mente en blanco, no podía comprender que las vidas de sus queridos padres no valieran más que un mísero trabajo.

A partir de aquel día Jon no volvió a preocuparse de que el asesino de sus padres volviera a hacerle lo mismo a otra familia inocente, pero jamás volvió a ser el mismo niño de antes. El antiguo jefe de policía, no solo había terminado con dos vidas, sino que también había destrozado la vida de aquel joven entusiasta que apuntaba a llegar lejos, pero que apenas se acercó.








                                                          






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